1- EL AULA
Esta es el aula de idioma español, donde la profesora nos da la clase. En el aula hay doce estudiantes: ocho son hembras y cuatro son varones; todos son muy jóvenes. Los estudiantes hablan portugués. Ellos estudian español con la profesora cubana. El aula es grande y fresca. El techo es blanco. El piso es negro. Sus paredes son azules y hay muchas ventanas carmelitas de madera y cristal.
En el aula hay una pizarra y frente a ella estamos los estudiantes. La mesa de la profesora está delante de la pizarra y frente a ella estamos los estudiantes. En el aula hay muchas sillas de madera y aluminio. Sobre la mesa de la profesora hay tizas, borrador, papel, lápices, bolígrafos, libretas, diccionarios y muchas láminas
2- EL RELOJ
Es una máquina dotada de movimiento uniforme, sirve para medir el tiempo o dividir el día en horas, minutos y segundos.
Los pueblos primitivos midieron el tiempo aproximadamente por la altura del Sol sobre el horizonte y en las noches por la posición de las estrellas.
Las manecillas del reloj son dos: la que señala o marca las horas (horario) y la que indica los minutos (minutero). Estas dos manecillas se mueven sobre la esfera; en esta esfera van indicando las horas y los minutos.
Generalmente, existe una tercera manecilla para indicar los segundos (el secundario o segundero) sobre el mismo círculo horario o en otro independiente.
Hay muchas clases de relojes: reloj de Sol, de bolsillo, de pared, despertador, de pulsera.
Los relojes funcionan mecánicamente o por medio de la electricidad.
¿Cómo se lee el reloj?
Cuando el reloj señala un número está en las doce, es la hora en punto: cuando el minutero está en las seis, es la hora y media. Cuando el minutero marca las tres, es la hora y cuarto o quince; y cuando señala el nueve, es la hora y cuarenta y cinco o la hora siguiente menos cuarto o menos quince.
3- MARIA LES ESCRIBE A SUS PADRES
María es una muchacha brasileña que llegó a Cuba la semana pasada.
Ayer ella le escribió a sus padres y en la carta les cuenta cómo fue el viaje y cómo se sintió al llegar a un país que está tan lejos del suyo y cómo Juan, un muchacho cubano también estudiante de la Universidad, le presento a los compañeros, la llevó al comedor, a la cafetería, a las aulas...También, les dice que hay estudiantes árabes, caribeños, africanos y asiáticos, y que ya no se siente triste y sola como se sintió al llegar.
María les escribió en portugués porque ellos no saben español.
4- EL HOMBRE Y LA PIEDRA.
El dueño de Esopo le ordenó ir al baño para ver si estaba muy concurrido. Llegó allí y se encontró con vario hombres que entraban a bañarse, todos los cuales tropezaron con una piedra que obstruía la puerta. El último que llegó miró el obstáculo, lo apartó con un pequeño esfuerzo y pasó después sin estorbo alguno.
-Señor -dijo Esopo al volver-: en el baño no había más que un hombre.
5- EL CAMPEONATO DE VOLEIBOL
El próximo sábado hay un juego de voleibol entre el equipo femenino de Cuba y el de Brasil. Eduardo y Ana no quieren perderse el juego porque se enfrentan dos excelentes equipos, además se decide el campeonato de ese deporte. Sus amigos les recomiendan que lleguen temprano porque ese día habrá mucho público. Elsa no va con ellos. A mi me extraña que no vaya porque ese es su deporte favorito.
NARRACIONES
EL AVARO
Una vez un hombre muy avaro quiso guardar muy bien toda su fortuna y entonces la convirtió toda en oro haciendo con ella un lingote, que enterró en cierto lugar. Con él enteró su corazón y su cerebro, porque todos los días iba allí, miraba su tesoro y acariciaba la tierra donde lo tenía enterrado.
Sucedió que un día un ladrón que lo había observado, adivinó lo que sucedía, y, desenterrando el lingote, se apoderó de él.
Pasado un tiempo vino el avaro y al encontrar vacío el lugar, se puso a llorar y a lamentarse. Pero un individuo que lo veía lamentarse así, informado del motivo, el dijo:
-No te desesperes por eso, mi amigo; tú tenías una fortuna y no disfrutabas de ella, por tanto coge una piedra, ponla en el lugar donde tenías el oro, imagínate que es lo mismo y esta piedra será para ti lo mismo que tu oro, el cual tú no usabas.
EL CAMPESINO Y SUS HIJOS
Un campesino se encontraba muy enfermo y antes de morir quiso que sus hijos adquirieran experiencia en la agricultura. Para eso llamó a sus hijos y les dijo:
- Hijos míos, voy a dejar este mundo, pero busquen bien lo que he escondido en mi finca y encontrarán todo lo que tengo y quiero para ustedes.
Los hijos imaginándose que había escondido un tesoro bajo la tierra, después de la muerte del padre labraron profundamente la tierra de la finca. No encontraron allí ningún tesoro, pero la tierra fue removida y les dio muchos frutos después.
EL BARQUERO
Un día un sabio quería pasar un río y para pasar el tiempo, le preguntó al barquero, hombre de carácter excelente:
-¿Sabes Filosofía?
-No, señor- respondió aquel.
- Pues piensa que perdiste la quinta parte de la vida.
-¿Sabes Matemática?
-Tampoco
-Pues piensa que perdiste la cuarta parte de la vida.
-¿Sabes Historia?
-Tampoco
-Pues piensa que perdiste la mitad de tu inútil vida.
En ese momento, un aire fresco movió peligrosamente la embarcación, y el barquero le preguntó al sabio:
-Señor, ¿sabe usted nadar?
-No, -respondió el sabio.
-Pues, entonces piensa que vas a perder la vida entera.
EL CAMPESINO Y EL ESPIRITU DE LAS AGUAS.
A un campesino se le cayó su hacha en un río y comenzó a llorar.
El agua sintió pena por él y enseñándole un hacha de oro le preguntó:
-¿Es esta tu hacha?
El campesino respondió:
-No, no es la mía.
El agua le enseñó un hacha de plata
-Tampoco es esa, dijo el campesino.
Entonces el agua le mostró su propia hacha de hierro. Cuando el campesino la vio dijo:
-¡Esa es la mía!
Para premiarlo por su honradez, el agua le dio las tres hachas.
De regreso a su casa el campesino mostró sus hachas y contó a sus amigos lo que le sucedió.
Uno de ellos quiso probar, fue al río, dejó caer su hacha y comenzó a llorar.
El agua le enseño un hacha de oro y le preguntó:
-¡Es esta tu hacha?
-El campesino muy contento, dijo:
-Sí, sí, es la mía.
Entonces el agua no le dio el hacha de oro, ni la suya de hierro en castigo por su mentira.
EL REY Y SUS HIJAS
Un rey muy egoísta, como todos los reyes, tenía tres hijas y quiso saber cuál lo quería más.
-Yo te quiero como al oro, como a la plata -dijo la hija mayor.
-En cuanto a mí, te quiero con al sol, como a la luna-dijo la hija segunda.
Muy halagado el rey se volvió a la pequeña hija, en espera de sus palabras.
-Yo padre mío te quiero como a la sal.
¡Horror! La indignación del rey fue muy grande. De un manotazo, volcó el bonito salero de cristal. Saltaron sobre el mantel, entre los vidrios rotos, los blancos granitos.
-¡Cómo a la sal!....¡Burlona! ¡Mala hija!
Y ordenó que la encerraran en una oscura celda. Allí se hubiera quedado toda la vida si el cocinero de palacio, que quería mucho a la joven princesa, no hubiese ideado un ingenioso medio de salvarla.
Al día siguiente, a la hora de la cena, los sirvientes desfilaron, como de costumbre, con preciosas bandejas en las que podían verse pollos asados doraditos, fuentes con caldos humeantes, sabrosos panecillos redondos. Al rey se le hacía la boca agua y, la hija mayor casi estuvo a punto de tomar un panecillo cuando el sirviente pasó por su lado, pero se contuvo; una princesa no debía hacer esas cosas.
Al fin llegó el momento de saborear aquellos manjares que debían ser deliciosos y ...que decepción.
-¡No hay quien pueda comerse esto!-decía el rey furioso.
-¡Qué sabor tan desagradable!- Decía la hija mayor al mismo tiempo que hacia cómicos gestos de asco.
-A esta comida le falta algo.-Dijo pensativa la hija segunda.
-¡Qué traigan al cocinero! - Exclamó el rey con furia.
Los sirvientes se apresuraron a cumplir la orden.
El buen hombre se presentó ante el rey he hizo una reverencia al quitarse su alta gorra blanca.
-¿Qué sucede con la comida? -dijo el rey en tono autoritario -¿Por qué tiene tan mal sabor?
-Majestad, le falta un preciado ingrediente- dijo el cocinero con fingida humildad.
-¿Cuál es? -Preguntó la hija segunda, que casi había adivinado.
-La sal - contestó el cocinero.
-¡La sal! - dijo el rey y se quedó pensativo. La pequeña me quiere como a la sal. ¡Que liberten a mi hija! - Ordenó rápidamente.
Cuento de María Teresa Rojas
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